Hay días en que el mundo se queda mirándote
como si hubiera olvidado su oficio,
como si las cosas —las mesas, el ruido, las esquinas—
tuvieran que aprender otra vez a existir
cuando pasás.
No es que hagas algo en particular,
no hay un gesto secreto ni una fórmula,
es más bien una manera de estar
como si la gravedad no te alcanzara del todo
y sin embargo eligieras quedarte.
A veces pienso en lo difícil que sería
explicar esa forma tuya de avanzar,
esa mezcla de impulso y paciencia,
de quien no se rinde
pero tampoco se endurece.
Hay algo tuyo que no pide permiso:
una claridad que aparece incluso en los días torcidos,
una inteligencia que no necesita decirse en voz alta
porque se nota
en cómo mirás, en cómo elegís,
en cómo volvés a intentar.
Y después está lo otro,
eso que no tiene nombre
pero igual insiste:
una belleza que no se apoya en el espejo,
una libertad que no hace ruido,
como si fueras un lugar
al que siempre vale la pena volver
aunque uno no se haya ido nunca.
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