Lo había permitido. No entendía porqué, pero lo hizo.
Inmóvil, con el frio de la madera mordiendole la espalda. Incapaz de mover mas que los ojos, mientras la mordaza le impedía hablar. Solo veía lo que le acercaban adelante, directamente ante su mirada.
Lo primero fue una vara. Lisa, pulida, cruel.El golpe fue al pecho, cruzando desde el esternón hacia su izquierda. Lo soportó sin más, sabiendo que quejarse no era una opción.
Luego lo ahogaron, con un trapo sobre la cara. Baldes y baldes de líquido inundando sus pulmones y gritandole que se rinda. Que no podía aguantar eso, Que no tenía lo que hacía falta. El no se quejó.
Miró a la nada, esperando que lo vieran. Solo encontró la fria indiferencia del techo devolviendole una mirada vacía.
Entonces los cuchillos. Mordiendo con pasión, con sed. Abriendo caminos de sangre a lo largo de su cuerpo y quemandolo con el frío. Aguantó las lágrimas con todo lo que tenía. El no iba a quejarse.
Y no lo hizo, pero encontró lo que no podía soportar.
Le clavaron una espina en el costado y su corazón se detuvo, devolviendole al techo una mirada que ya no veía nada.
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