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Tormentas

May 8, 2026

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Tormentas
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                                       TORMENTAS

La última borrasca fue infernal. El verano se habían eternizado en incesantes chubascos, que menguaban el descordado calor de enero.

Resoplando de calor, Francisca movió hacia atrás el palo del tendedero para recoger la ropa que flameaba al ritmo del tórrido viento. Ensopada de vapor, observó los negros nubarrones que, agazapados en el horizonte, parecían esperar una orden.

-Nubes gordas y negras- exclamó con la inquieta precaución de anteriores tormentas.

Guardó en el canasto la ropa sacada del tendedero y enfiló hacia la casa esquivando los espejos barrosos del suelo y las huellas húmedas de los perros. La puerta se abrió con la queja de una ciudad que esperaba el alivio del escampe.

Francisca guardó la ropa en el roperito de la pieza y se dirigió a la cocina para preparar la cena.

 -Ya va a llegar la Mafalda- expresó en voz alta, mientras observaba a través de la ventana cómo el arroyo, antes un hilito platinado, era ahora una amarronada alfombra que corría desafiante en el barquizado cauce repleto de yuyales y cardos.

La olla comenzó a desprender un bravo dulzor que inundó los espacios de la pequeña vivienda. Francisca sacó la olla del fuego, y mientras esperaba que la carbonada se enfriara, comenzó a estirar los bollos de masa.

-Empanadas de cumpleaños- dijo Mafalda, que había entrado muy callada.

-No hay pa´más- respondió Francisca, lanzando con rabia un puñado de harina sobre la masa estirada.

La cena transcurrió en silencio. Sentadas a la mesa, las mujeres masticaban las empanadas con lentos y pronunciados movimientos.

- ¿Sabés algo del Anselmo? - preguntó Francisca rompiendo el silencio.

-Nada… se fue y no volvió- respondió Mafalda acariciando su vientre apenas insinuado.

-No importa, donde comen dos comen tres- sentenció Francisca con un resoplido de búfalo.

Al rato se levantaron de la mesa para ir a dormir. Antes de acostarse, Francisca miró a Mafalda y con amparo de madre, exclamó:

-Feliz cumple, hija.

Mafalda sonrió.

En la madrugada, un poderoso estruendo hizo cimbrar las acanaladas chapas del techo. La caída de agua era una cortina espectral que se estrellaba contra el suelo.

-Vámonos mamá, tengo miedo-, rogó Mafalda, acariciándose con afectación la panza.

-Afuera sería peor-, respondió Francisca. Mirando hipnotizada cómo el agua borboteaba golpeando el suelo con saña.

Otro bíblico estruendo lo sacudió todo.

-Llueve como si Dios no nos quisiera- aseveró Francisca.

-Vamos mamá. Me da miedo todo esto.

- ¿Y a dónde iríamos?... ¿A dónde, hija? - preguntó Francisca, mirando cómo el mundo era ahora un cenagal iluminado por las luces de los relámpagos.

Un estridente y lejano rumor comenzó a acrecentarse hasta convertirse en un ensordecedor bramido, mientras la incontenible masa de agua ingresaba a la casa rompiendo puertas y ventanas. Francisca, en pánico, intentó tomar la mano de Mafalda, pero la correntada se lo impidió.

Desbordado como nunca, el arroyo la Cañada devoró casas, personas y puentes. Días después, con la bajante, el cuerpo amorcillado de Francisca surgió enredado entre las ramas de un paraíso arrasado.

El de Mafalda nunca apareció.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Roberto Dario Salica

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