Llueve y la vieja me toca el timbre. Al rato se da cuenta de que cuando se le va la luz al barrio estas cosas dejan de andar.
Está sola, che. Después, saca la cabeza por arriba de la reja, hace señas con la mano, pasa. Sabe que la puerta de adentro es incluso menos segura que la de afuera.
La empuja. Entra. Deja el paraguas acomodado. Busca los pedazos del mate desperdigados en cada rincón de la cocina. Los lleva a la mesa. Le da un beso a la estampita del gauchito gil, la apoya al lado de la vela que acaba de prender para que los restos de labial brillen un poco.
Solo falta que me pregunte si acá también se cortó la luz.
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