Te escribo un adiós definitivo,
aunque de tu lado nunca hay respuesta.
Yo sé que de mi lado se cierra una puerta,
que se mantenía abierta
aún a sabiendas de que no pensabas volver.
Te esperé mucho tiempo
con la mesa puesta,
la comida caliente y un vaso lleno,
con la cama tendida esperando a que te acuestes
y tu canción favorita
reproducida en bucle.
En tu línea,
una voz genérica, fría y monótona,
me dice que el número que marqué
ya no existe.
Cuelgo por décima vez hoy,
esperando que a la onceava vez que te llame
contestes y pueda escuchar tu voz.
Las copas llenas
y los labios ajenos
no compiten con el calor de tu mirada,
no llenan el vacío de tu ausencia
y no me quitan este dolor tan inmundo
que se apodera de mi.
No es novedad que lo diga,
pues yo nunca duermo bien,
el insomnio es parte de mi.
Sin embargo hoy
ese insomnio tiene nombre y apellido,
tiene una identidad propia
y un corazón que late,
late a la par del mío,
ese que se llevó al partir.
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