De su nacimiento animal
nací yo,
más humana que nunca.
Hasta ese entonces
solo había sido
lo que aprendí de ellos:
los animales que no se creen animales.
Él llegó,
como una revelación,
a cambiarlo todo.
Fue hasta mi puerta,
en brazos de un ángel,
como un niño de orejas puntiagudas
y una cola larga.
— El concepto de ángel muta en los debates;
allí, y en ese momento,
ella lo fue para mí —
Él, con sus diminutos ojos color cielo,
lo iluminó todo,
y en mi pequeño y oscuro mundo
su presencia fue
como una pequeña ventana
abriéndose en una habitación blindada.
Una vez más,
y para siempre,
entendí
que no hablar el mismo idioma
o ser físicamente distintos
solo hace que nuestro vínculo
sea incluso más rico que cualquier otro.
A través de su presencia aprendí también
sobre su dolor,
sus necesidades,
su dulzura,
sus mensajes,
sus preferencias
y ansiedades.
¿Por qué ser solo humano,
cuando podemos ser más animal?
¿Quién dijo
que ser más animal
nos hace menos personas?
Nuestro encuentro en la tierra
solo vivió dos años;
nuestro amor
y el lenguaje que creamos juntos
vive para siempre en mí:
cada vez que lo pienso
cada vez que lo extraño
Su partida fue tan importante
como su llegada;
me enseñó
cuánto se puede amar
a alguien tan aparentemente distinto,
y que eso que es diferente
es, en realidad,
lo más valioso.
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