Cierro los ojos,
habito un lugar frío,
camino por pasillos de amargas sensaciones impresas en el aire,
el viento me sopla con desolación, abandono y olvido.
Ya no considero hábil la mano humana, antes sabida todopoderosa, que alguna vez reparó nuestro caos. Ahora entiendo su modestia.
Penetro la insensibilidad como un modo de afrontar la escena.
Dejo mis sensaciones a un lado,
abro los ojos en un último acto de rebeldía, en una decisión irracional de habitar, de todos modos, lo inhabitable.
En este desarmadero no hay lugar para mí, no existen esquinas de pasión,
de amores olvidados y eternos.
No distingo la magia de sabernos amados a través del verbo.
Todo es ego en la nueva ciudad. Donde termino yo, la existencia se acaba.
Y en este espacio liminal, sin señal alguna de un fuego,
consigo verte, de nuevo, reconociéndote como reconozco al viejo hábito de fumar.
Y las luces cálidas se encienden.
Tu ausencia aún tatuada en mí aparece como una marca que señala mi nombre, mi lugar, mi procedencia. Recuerdo un espacio tranquilo y me retuerzo. Quiero olvidar.
Evito pronunciarte, como si eso te borrara de mi alcance. Pero te acercás con la liviandad de una hoja volando hacia mi, como en realidad siempre lo hiciste.
Vos pronunciándo-me, tocando-me, alcanzando-me, volviste a darme vida como si fuera obra de tu creación.
No hay contenido, el sonido de tu voz se escapa en el recuerdo pero elijo aferrarme a él.
Me quedo en la escena todo el tiempo que puedo, me olvido de la atmósfera hostil en la que me encuentro. Elijo, esta vez sí, quedarme un rato con más con vos.
Otra vez te vas, y duele como la primera vez.
Desperté.
Y extraño el infierno en el que estás.
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