Quería hundirme en la tristeza, en ese mar que me llamaba a lo más profundo de su ser. ¿Es hasta la muerte adonde me llevan mis sentimientos? ¿Acaso este es el destino de todo aquel que se cansa?
Suspiré, quizás con la esperanza de que alguien notara algo en mí, que quisiera ayudarme y no repitiera las mismas palabras, esas que me lastimaban cada vez que las recordaba: “Tu vida depende de ti.”
Lo sé —grité a los cuatro vientos—, ¡ya lo sabía!
Le pedí a Dios, ese que trae luz en la desesperación, pero solo el brillo del sol estaba allí, dejando en evidencia cuán desordenada estaba mi cabeza. No era muy distinto de las palabras de la gente, que me lo hacía saber cada vez que podía.
Miré al mar, esperando que, por sorpresa, todo cambiara con el golpe de alguna ola, que mi vida empezara a mejorar en un solo parpadeo. Pero lo único que cambió fue mi rostro: de uno serio, listo para aceptar su destino, a uno que solo quería entender la vida, a sí misma, a todo lo que la integra.
En simples palabras: una lágrima cayó, y con ella toda mi fuerza, esa que fingía tener.
Todavía estoy en el borde, mirando el mar, admirando su belleza, oyendo su llamado, llorando por mi destino. Sé que tengo tiempo, pero mientras más pasa, peor está mi cabeza, y mi corazón ya empieza a pesar…
¿Qué debo hacer, Dios? Tú, que fuiste quien me creó, dame aquella respuesta que tanto busco, incluso si está frente a mí. Dame una oportunidad de que esto no sea tan difícil.
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