Todas las artes quieren ser la música
y prescindir de vanos medios para llegar a las almas,
inyectar vorazmente litros de emoción
directo al torrente sanguíneo.
Entonces me resulta más lógico pensar en una presencia
con infinitos cuellos,
mantos que abrazan
y almohadas donde el tiempo flota.
Con la capacidad de ser sentidas,
cantadas y recordadas desde un balcón cualquiera,
donde el humo del cigarro se pierde
a la distancia
y la brisa trae memorias
rasguñando por quedarse.
Perpetuando el presente,
haciendo que dure lo que duran
sus miradas de ojos sonrientes y afilados.
Haciendo que esos colores barrocos
reboten en las paredes del cuarto
hasta el insomnio de una noche de verano,
sin necesidad de algo específico para lograrlo:
su mera existencia es suficiente.
No hay explicación
para una mujer
merodeando por tu habitación,
para esa
que recorre tu alma
y acomoda toda la historia universal
al detalle
de sus suspiros cuando ríe.
No existe el ayer
y ciertamente no hay un mañana,
no existe
la ansiedad de la finitud:
el arte perpetuado,
el arte que todas las artes quieren ser.
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