Para un observador entrenado, que con frecuencia recorre la parte céntrica de su ciudad no resulta difícil percatarse de este signo. Resulta que en estos tiempos aciagos, de crisis económica, el número de comercios vacíos se torna alarmante. Es ahí donde florecen las cabezas sobre el mostrador.
Por supuesto que no es necesario que la crisis se haga presente para que algunas personas adopten esta posición tan característica, pero estarán de acuerdo conmigo de que la falta de clientes puede ser un factor determinante para el aumento de este fenómeno. Y es que, ¿quién no ha visto a empleados, en general de comercio, apoyando su cabeza sobre una especie de columna formada por sus manos y brazos que tienen como cimiento un mostrador?
En los tiempos que corren, este gesto puede ser tomado como una clara señal de holgazanería y desprecio a la fuente de trabajo. Hasta me atrevo a decir que cierta parte de la población (incluso algunos que estén leyendo esto) piensan que aquellos que incurren en esta práctica son simples vagos o personas que eluden su deber. Sin embargo, desde una mirada neutral proporcionada por un simple observador comercial me veo en la obligación de salir en defensa de los empleados de cabeza pesada.
El primer punto a explorar es entender que un trabajo no siempre es un lugar de pura acción. Los discursos actuales de productividad se empeñan en imponer una idea de constante esfuerzo y movimiento; esto está lejos de ser provechoso para el resultado que se busca. He aquí un claro ejemplo: supongamos que un empleado debe estar todo el tiempo haciendo algo y que ese algo no sea sujetar su cabeza en el mostrador. En esta oportunidad decidirá acomodar el depósito por lo que debe retirarse hacia otra habitación. Es muy probable que en ese momento descuide al potencial cliente que podría estar entrando por la puerta del local. Y también es probable que luego de un tiempo, el cliente disgustado por el abandono y la demora, decida no hacerse con algún producto que allí se ofrece. No está de más contar con alguna cabeza en el mostrador para hacerse cargo de esta eventualidad.
Un segundo punto a favor tiene que ver con figurarse a estas cabezas sobre los mostradores como una señal de rebeldía, de pensar más allá de los límites de aquellas cuatro paredes. Es que no imagino la cantidad de poemas, ideas, imágenes, proyectos que habrán surgido de aquella postura. Los ojos perdidos en la pared contraria pueden verse como llaves que encuentran pequeños espacios para ingresar a otros universos. Aquí no se trata de un beneficio para un negocio, se trata de un bien para la especie.
El tercer punto que surge en este escrito tiene que ver con un signo de derrota. La cabeza sobre el mostrador busca entender por qué aquella gente que circula por las calles abarrotadas no ingresa a su lugar de trabajo. Piensa en las inminentes consecuencias que esto traerá a futuro, y por supuesto, en el peligro de perder su puesto. Aquí el gesto es resultado de la impotencia, que pasa a manejar a nuestras queridas cabezas como un marionetista a sus juguetes, y genera en nuestras ciudades una epidemia cuyo espectáculo llena a más de uno de desesperanza.
Nunca sabemos cuándo nos tocará. La ciudad está llena de cabezas. Y no falta un lugar cómodo para cada una de ellas donde pueda ser apoyada.
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