Decidí comprar un reloj por recomendación de un amigo.
Me dijo que, por mi mala memoria, llevara un reloj además del celular.
Y lo hice.
Durante un viaje, mientras pasaba por un pequeño pueblo, sentí una extraña sensación. He impulsado por ella, decidí detenerme y entrar al pueblo. Al pasear por las calles, encontré una joyería artesanal casi oculta en mi camino, y ahí compré el reloj por su modesto precio.
Era un reloj de muñeca. Una pequeña máquina.
No tenía nada fuera de lo normal. Era común en todo aspecto.
Hasta que pasó.
Estaba preparándome para un final y deseé internamente que el tiempo parase para poder estudiar más, y se detuvo.
El reloj —antes un objeto inerte—, como si fuera un parásito, se inyectó en mí, haciéndome sentir un frío metálico recorrer todo mi cuerpo. Se adhirió a mí como una segunda piel y sus manecillas empezaron a latir al ritmo de mi corazón.
En un instante, dejó de ser un simple instrumento para ser parte de mí.
Las manecillas, antes silenciosas, ahora palpitaban en todo mi cuerpo como un tic-tac constante.
El miedo invadió mi ser. Y por la magnitud del susto, entré en pánico. Salí a pedir ayuda, pero al salir del apartamento, lo vi: el mundo entero se había detenido, y yo era el único que se movía. Todo estaba en pausa, menos yo.
Y allí supe que el reloj, ahora unido a mí, causó eso.
Y lo usé a mi favor.
A pesar del terror que me daba tener a semejante artefacto en mi poder, usé su habilidad para mi antojo. Cada vez que quería revertir un error o una mala situación, lo deseaba en mi mente y el tiempo retrocedía.
Así fui adaptándome a la nueva parte de mí. Aunque solo podía volver atrás en el tiempo, más no adelantarlo.
Con el paso de los días, el reloj empezó a actuar de forma extraña.
No hacía lo que le pedía, me enviaba descargas eléctricas cuando quería y ya no me obedecía.
En un momento, "el reloj" comenzó a extenderse por todo mi cuerpo. Infectó mis venas, sus manecillas invadieron mi corazón y sus agujas se fusionaron con mis arterias, haciéndome esclavo de él.
Ya no podía distinguir qué partes eran de mi cuerpo y cuáles había tomado el reloj.
La cosa había tomado posesión. Y cuando menos lo esperé, el reloj comenzó a adelantar el tiempo, pero solo para mi propio cuerpo.
Cada minuto que pasaba para el mundo exterior significaba una hora más en mi vida, y mi cuerpo envejecía al mismo ritmo.
Adelantó tanto el tiempo que mi piel empezó a arrugarse, mis músculos se debilitaron, mi pelo se volvió blanco y ya no podía sostener mi propio peso. La memoria empezó a fallarme y sentía a cada segundo que la vida se me escurría como agua.
Y ahí me di cuenta de que el tiempo me estaba matando.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.


Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in