A veces el corazón es complicado, pero no podemos negar lo que sentimos. El corazón es impredecible e inexplicable.
Allí estaba él, un señor de unos cincuenta años de edad, sentado en el porche de su casa, tocando su más preciada guitarra bajo la ligera luz de la luna que caía sobre sus manos, como si quisiera iluminar los secretos que guardaba en las cuerdas.
Sus miradas se entrelazaron por un momento sin que él le diera importancia y siguió tocando.
La había observado con indiferencia, pero no podía negar que su presencia, a metros de él, lo distraía y le impedía concentrarse en la melodía que sus manos estaban tocando. Su presencia, tan cercana y tan distante, se entrelazaba con las notas, robándole la armonía a cada acorde.
Entre ellos había solo unos metros pero para él, esa distancia era un abismo imposible de cruzar. Era una grieta invisible, hecha de silencios no dichos y miradas que escondían más de lo que mostraban.
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