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Testimonio de media noche, para Sofía.

Aug 10, 2026

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Testimonio de medianoche: Sofía se sentó sobre un banquito en medio de la fiesta, se negó a seguir tomando, a la vez que prendió un cigarro sin importarle nada. La mirada se situó cautelosamente en la luz de emergencia, brillando en verde violento sobre el humo y las cabezas inquietas. De pronto, vio pasar a lo lejos a una pequeña mujer vestida de rosa, iluminada de ciertos tonos azules violáceos. En su mano, cargaba una barcaza de madera con la que iba evitando derramar el tequila. Entre pitada y pitada se le fue acercando, y a cada vez que amagaba encontrarla, el torso de Sofía se inclinaba más predispuesto. Hasta el punto en el que el último de los pasajeros, el último de los tragos, se le presentó justo ante sus ojos. Al otro lado de la muchedumbre, a metros de sus ojos, vi a Sofía tentarse. Y entre el parpadeo de las luces, y los tacos de aquella mujer, se delimitaron dos enormes alas negras, y alguna especie de extensión del cuerpo bastante puntiaguda por sobre su cabeza. Que al enfocarse a su cara, supieron desaparecer repentinamente, para desdibujarse en una sonrisa preciosa que le dejaba en la mano la salvación.

Cómo negársele a Dios, las uñas de ambas que se encontraron en un vasito de vidrio haciendo un imperceptible chispazo, que volvió a los segundos a la barcaza, para volver a perderse entre un bailecito pintoresco y una caminata apurada. Sus ojos se apagaron mientras arqueaba sus hombros, una semi herradura se marcó entre sus clavículas, un repliegue hacia su pecho que luego devolvió con un elevar de cabeza. Entonces, supe que habría pactado.

 Le quedarían no más que unas horas, a lo mucho, en las que el efecto la llevaría siempre hacia delante, hacia la incontinencia de besarse con cualquier cosa, por el amor al beso, más que al proyecto de amor en sí. Y sé que luego debatiríamos estas cosas, post aquel estadio libre de entendimiento recaería en el abismo de hiperpensarse. Entonces en una esquina me iba a frenar para arreglarme el cuello y decirme que efectivamente no bastaba el amor - y el trago y el efecto del shot como el del amor mismo, que mientras dura te sube al cielo y cuando se va se lleva con él el mundo -, y la esquina como prueba de haber pagado el precio. De haber cumplido el maleficio. Entonces, no dejaría ni siquiera que hable. Explayaría todas esas cosas que lo determinan. Que a veces por más intento desmedido no hay ninguna conciliación, pero que incluso aquello no niega las miradas.

Sin embargo en el medio, se desdibujaba de los fondos, de las luces de los paneles tomando cientos de formas, y la única que no cambiaba era la de su silueta inquieta, siempre de negro, siempre desprendida de todo a la vez.


PibedeVictoria

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