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Ternura radical

Opal

Jul 5, 2026

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Ternura radical
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Históricamente, la mayor rebeldía de una mujer ha sido adueñarse de su propio cuerpo; en la actualidad el mayor acto de rebeldía hecho por una mujer es el no engendrar a un machito, porque al igual que “no se nace mujer: se llega a serlo” el opresor a su vez no nace siendo un violentador, se va construyendo.

Ya lo dijo Rita Segato con su cofradía de la masculinidad, el sistema le exige cercenar la sensibilidad y reemplazarla con crueldad. Su violencia no es un destino biológico, es el examen que rinde ante otros hombres para obtener su título de macho.

La sociedad ya no tiene paciencia ni cabida para un hombre cuya única identidad reconocida es la violencia y su rol sea el de un dictador.

No se necesitan hombrecitos con el ego herido o con una virilidad ensayada ante el espejo para reafirmar su masculinidad.

Interrumpir esa cadena opresora se convierte en un bien colectivo que solo puede sostenerse desde una disrupción radical: la ternura.

La ternura ha sido feminizada y confinada al espacio de lo privado, por ende, se desvaloriza tratándola como algo insignificante y desechable.

Cuando la ternura se desnuda y se visibiliza deja de ser algo meramente sentimental para convertirse en un signo de resistencia ante la cofradía de la masculinidad, es decir, el tabú del sentir, por fin se externaliza, se habla y se comprende provocando el derrumbe de sus cimientos.

La crueldad es fácil de aprender porque está automatizada por el sistema; la ternura, en cambio, exige una decisión consciente de resistencia.

El sistema sabe perfectamente cómo asimilar la rabia: la combate con más violencia, la judicializa o la convierte en mercancía. Pero el poder no sabe qué hacer ante la ternura; carece de herramientas para procesar a un hombre que se niega a competir, que prefiere el cuidado mutuo antes que la dominación. La ternura rompe el examen de masculinidad del que habla Segato porque sabotea la aprobación del coro de hombres; prefiere la complicidad de los afectos que la validación del opresor.

Es ahí donde Pedro Lemebel lanza una fuerte critica contra las estructuras rígidas que ven en la sensibilidad una amenaza:

“¿Tiene miedo que se homosexualice la vida? Y no hablo de meterlo y sacarlo

Y sacarlo y meterlo solamente Hablo de ternura, compañero…”

Esa “homosexualización de la vida” de la que habla Lemebel no es una cuestión puramente genital; es el pánico histórico del patriarcado a que los hombres abandonen el mandato de la guerra y adopten el lenguaje del afecto y el cuidado. Lemebel propone la ternura como una trinchera política capaz de fisurar los bloques más duros del poder.

El molde es antiguo y su herencia, implacable. Se repite desde el origen de nuestros mitos: es Telémaco en el palacio de Ítaca, interrumpiendo a Penélope para mandarla a callar, ordenándole regresar al telar y a la rueca porque “la palabra corresponde a los hombres”. Telémaco no nace siendo un hombre o en el peor de los casos un dictador; llega a serlo en ese instante donde decide que, para reclamar su hombría ante el coro de pretendientes, debe primero silenciar a su propia madre. Su virilidad no es un destino biológico, es un performance que requiere la sumisión femenina para ser validada.

Opal

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