La ternura entra sin golpear,
como un rayo de sol que resbala por la rendija y cae sobre la mesa donde desayunamos lo cotidiano.
Tiene el tamaño exacto de una mano que se posa sobre un hombro cansado; el sonido delicado de un “¿cómo amaneciste?” dicho con la mirada.
No alza la voz,
No exige precedencia,
No firma tratados:
sólo se sienta al lado de tu exilio y susurra que el mundo, por un instante, está bien así.
La ternura es la hermana mayor de la paciencia:
sabe esperar,
sabe escuchar la historia detrás de la grieta, sabe curar sin bisturí ni palabras rimbombantes.
Cuando llega,
hasta las paredes respiran más lento,
y uno recuerda de golpe que la vida no es sólo aguantar aguaceros,
sino también dejarse mojar por una llovizna suave que huele a tierra recién nacida.
A veces pienso que sostener un vaso con ambas manos es un gesto de ternura hacia el agua; Que poner una manta sobre el perro que tiembla.
Es firmar un pacto secreto con la noche; Que abrir la ventana para que entre el aire nuevo es decirle al día: “confío”.
Hoy me regalo un minuto frente al espejo para acariciar la cicatriz que antes odiaba y en ese simple roce,
descubro que la ternura puede empezar en mí, que abrazarme sin prisa es la promesa más sincera que conozco.

Onírico
Soy el lector omnisciente que teje historias en la penumbra de los sueños, donde todo se revela sin palabras, solo en miradas y silencios.
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