...
Juegos florales.
Me estoy cagando, pensé, en el silencio que tras el último suspiro del sexo sucede.
Pero sobre eso no podía decir nada. A ella la conocía de solo tres cubatas y una charla afortunada.
¿Era Holanda? Eso creí entender, pero sería Yolanda. La música demasiado alta y la memoria demasiado mala.
-Voy al baño.
Pero eso no solucionaba nada. Ella lo necesitaría inmediatamente después y no era plan dejar el evidente rastro de mis despojos.
Somos tan mirados en eso. Tan mentirosos. Tan hipócritas.
¡Como si ellas no..!
La Venus de Milo porque es de piedra. (Por cierto, en su estado no podría limpiarse el culo).
¡Ay, Señor!
Era su casa, era domingo. Las nueve de la nañana.
-Ahora vengo.
-¿Donde vas?
-Es un secreto.
Volví a la media hora, desahogado (el del bar lo supo) y con una bolsa de papel grasiento. Churros calentitos y chocolate recién hecho.
Intuí que ella también se había liberado.
Desayunamos sexo.
Por cierto. Se llamaba Amanda.
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