Te reconocí en el silencio, antes de que tu voz tuviera nombre.
Como si mi alma hubiera memorizado tu vibración
mucho antes de que el tiempo empezara a contar.
Había en el aire una certeza antigua, un eco que me llamaba
desde los rincones donde la materia aún no existía.
No fue tu cuerpo, ni tu mirada, ni el roce de tu presencia;
fue algo más sutil, un temblor en mi espíritu,
una melodía que mi corazón ya sabía danzar.
Y cuando al fin apareciste en esta orilla del mundo,
no te vi: te recordé.
Porque hay encuentros que no comienzan en esta vida,
sino que regresan, envueltos en la niebla del destino,
para reconocerse otra vez -sin palabras, sin promesas-
solo con el pulso invisible de lo eterno.
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