¿Puedes oírme desde la grieta,
donde el mundo termina en susurros de ceniza?
¿Escuchás mi voz llamándote,
como una campana ahogada en agua tibia?
He dicho tu nombre tantas veces
que el silencio empezó a responder con tu aliento.
¿Es esto el amor:
una obsesión que no pide cuerpo, ni tiempo, ni tregua?
Anoche soñé que la muerte me vestía de negro,
y no tenía rostro,
pero en su pecho
palpitaba tu nombre, dormida, eterna.
¿Y si el alma no se va,
sino que aprende a quedarse en lo invisible?
Te pienso en los corredores sin relojes,
donde la luz es apenas una idea antigua
y el dolor se convierte en un idioma secreto
que sólo nosotros hablamos.
¿Es este anhelo una forma de resurrección?
¿Se puede amar después de disolverse,
como el perfume persiste
mucho después de que el cuerpo se ha ido?
A veces siento que estoy hecho
de todas las veces que te esperé
en la orilla del no-tiempo,
donde la eternidad tiene la forma de tu voz.
¿Y si morir no es más que recordar con más fuerza?
¿Y si amarte es mi única forma de vivir para siempre?
Porque aunque la carne se vuelva sombra,
mi deseo sigue encendido en el centro del invierno.
Te toco con pensamientos,
te beso con preguntas sin respuesta.
¿Me dejarías entrar en tu silencio?
¿Me dejarías ser tu memoria futura?
He aceptado la muerte,
como quien acepta un vestido nuevo:
la ceremonia de ser nadie,
para amarte más allá del nombre y del cuerpo.
Y cuando todo lo demás se queme,
cuando el mundo exhale su última estrella,
ahí estaré,
susurrando tu nombre en el idioma de los que ya no necesitan palabras.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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