Dijo que los ojos no mienten,
pero yo aprendí a mirar sin temblar,
a clavar la vista como si nada,
mientras mi alma traicionaba en silencio.
Puedo mirarte fijo,
mientras mis labios juran amor que no siento,
o que sentí… ayer, quizás.
Hoy ya no lo sé. Hoy ya no estás solo.
¿Soy una vil mentirosa?
Tal vez.
¿Una infiel que juega con sentimientos
como si fueran piezas de un tablero que domino?
Quizás también.
Pero no me tiembla la voz al decirlo.
No fue un accidente.
No fue debilidad.
Fue elección.
Fría. Consciente. Precisa.
Como quien lanza un cuchillo sabiendo exactamente a dónde va a dar.
Lastimé, sí.
Y lo haría de nuevo si se cruzara otra historia que me tiente.
Porque en este juego aprendí algo:
la lealtad no siempre nace del amor.
Y el amor… no siempre es suficiente para retenerme.
Mis ojos callan lo que mi cuerpo grita,
y mi voz repite “te amo” mientras pienso en otro.
Tal vez soy todo lo que juré no ser.
Tal vez ya no me queda redención.
Pueden llorar, maldecirme, escribir mi nombre con odio,
pero yo no pido disculpas.
Porque nunca pretendí ser la heroína de su historia.
Solo fui yo.
Cruel, libre, y completamente real.

Flor de humo
Algún día tal vez deje de buscar respuestas en el humo lento que abraza mi mente, pero por ahora, cada calada es un verso y cada exhalación, un olvido.
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