"Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que lo haga volver del error de su camino salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados."
— Santiago 5:19-20
A veces, hablar hasta el final no es insistencia.
Es amor que no se rinde.
Es fe que camina incluso cuando el otro corre en dirección contraria.
Es sembrar palabras como semillas en un desierto,
con la certeza de que alguna germinará...
aun si el precio es una herida.
1. La llegada de un extraño
Los lunes por la noche, un grupo de hombres se reunía en el sótano de una pequeña iglesia del barrio. Leían la Biblia, oraban, compartían luchas y testimonios de vida. Había entre ellos estudiantes, obreros, padres jóvenes, nuevos creyentes, todos distintos pero unidos por una misma fe.
Uno de esos lunes por la noche, el pastor les anunció que agregaría a un nuevo integrante.
—No podrá venir físicamente —dijo con una calma solemne—. Está privado de su libertad.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Como si hubiera pasado un ángel.
—Está en la cárcel. Pero quiere escuchar de Dios. - agregó.
Algunos bajaron la mirada, otros murmuraron oraciones que no llegaron a salir de los labios. Solo uno de los presentes, Javier, alzó la voz:
—Si Dios no le dio la espalda, ¿Quiénes somos nosotros para hacerlo?
Desde entonces, comenzaron a escribirle. Le mandaban audios, versículos. Pero la mayoría lo hacía una vez, quizá dos. Con el tiempo, se fueron olvidando del nombre extraño en la lista de oración. Solo Javier persistía. Cada semana, como si de un hermano perdido se tratara, le mandaba palabras de aliento, le oraba a través de audios, le compartía versículos, sin importar la hora.
—Dios tiene planes contigo, Darío. No estás muerto. Solo dormido. Y Cristo despierta a los que duermen.
Las respuestas eran pocas. A veces una línea, a veces un silencio prolongado. En una ocasión, Darío escribió:
"Gracias, pero creo que Dios me olvidó. No veo luz aquí adentro."
Javier le respondió:
"Los ojos no sirven de mucho en la oscuridad. Pero el corazón todavía puede ver."
2. Silencios que muerden
Pasaron los meses. Una noche, Darío dejó de contestar. No hubo más mensajes, ni audios, ni rastro.
Javier siguió escribiendo, aunque ya no recibía respuesta.
"Estoy orando por vos", le decía. "Dios sigue en pie, aunque vos estés en el suelo."
Hasta que un día, se enteró de que Darío había salido en libertad. Lo supo por el pastor. No había vuelto a contactar al grupo. Simplemente... desapareció. Como agua entre los dedos.
Pero Javier no dejó de orar. Cada noche, antes de dormir, decía su nombre en voz baja, como quien siembra una semilla en tierra seca.
3. El disparo
Fue una noche sin luna. Javier volvía a casa tras salir de su trabajo. Caminaba por una calle que conocía bien, con la paz de quien no teme a su sombra. No escuchó pasos. No vio el arma. Solo sintió un estallido seco, un golpe agudo, una punzada que le rompió el pecho por dentro.
Cayó. El mundo se volvió humo y asfalto. Voces, corridas y luego silencio.
Pasó un mes de aquel suceso, Javier estaba internado en el hospital estatal. El proyectil había perforado su pulmón izquierdo. Los médicos hicieron todo lo que pudieron. Pero la noticia era dura: sin un trasplante, no sobreviviría.
4. El rostro tras la herida
Darío, el exconvicto, tomaba una cerveza en un bar, en las cercanías del hospital. Su mirada era la de un hombre acabado, golpeado por la vida, un hombre sin sueños y sin rumbo. Fue entonces cuando lo vio en las noticias. El rostro del hombre herido que aparecía en la pantalla... era Javier.
Su pecho se quebró como un vaso fino.
El que le habló de Dios. El que no lo dejó solo cuando todos lo hacían.
No sabía que era él. No lo reconoció en la oscuridad, en el temblor, en el miedo. Solo había querido escapar, huir, robar, matar el hambre... y terminó disparando al único que había creído en él.
Esa noche Darío llego a su cuarto que alquilaba dentro de una pensión.
Sus nervios, no lo dejaban pensar, la culpa le mordía la mente. No podía creer que el hombre que luchó por él ahora estaba luchando por su vida.
Sabía que debía hacer algo. Se arrodilló al lado de su cama húmeda, y suplicó a Dios, a ese Dios del cual Javier le habló tanto. Pidió piedad y perdón.
Lloró hasta ahogarse y se durmió.
Al día siguiente, salió de su pensión y caminó hacia el hospital que le quedaba a un par de cuadras. Sentía que debía hacerlo, que ese hombre no se merecía sufrir por su culpa, debía pagar por su error.
Se paró frente a dos policías que estaban en la entrada del hospital y les dijo:
"Fui yo".
Inmediatamente fue detenido y por sus antecedentes nuevamente fue encerrado en la cárcel. Se le abrió una causa por robo e intento de homicidio. Otra vez tras las rejas, esa pesadilla que lo persiguió toda la vida. Pero esta vez lo sentía diferente.
5. La espera eterna
En terapia intensiva Javier seguía conectado a varias máquinas que lo mantenían con vida.
Recibía visitas frecuentes de sus hermanos de la iglesia, de su familia, del pastor y, sobre todo, de su fiel mujer que todas las noches dormía en un sofá para hacerle compañía. Ella le oraba, le leía la biblia y tomaba todo el tiempo su mano. Su fe seguía firme, sabía que Dios escuchaba.
6. En la oscuridad de la cárcel
Darío había pedido una biblia, y aunque no entendía mucho, la leía todos los días.
Ya ni siquiera salía al patio de la prisión, lloraba, y hablaba con Dios o eso creía.
Una noche se levantó una tormenta muy fuerte. Esas tormentas eléctricas, que arrastraban fuertes vientos y que hacen estragos en la ciudad.
Darío, escuchaba como caían los rayos, como el viento silbaba entre las paredes de los pabellones. Entre sonidos y relámpagos, sintió una sensación extraña, algo lo inquietaba. Se levantó de la cama, se arrodilló y por primera vez le oró a Dios con el corazón.
Le pidió compasión y le suplicó que lo aceptara, que lo reconocía como su Salvador y que lo perdonara por los pecados que había cometido, se arrepintió de corazón.
Sintió mucho pesar en su alma por la salud de Javier, la culpa aún le generaba insomnio y solo estaba él, las rejas y Dios.
Darío oró sin cesar hasta que amaneció. La tormenta ya había cesado.
7. La decisión de su vida
Los partes médicos no eran muy alentadores, toda la Iglesia se unía en oración por la vida de Javier. Su situación no había cambiado mucho. El tiempo se agotaba lento como un reloj de arena, pero constante.
El caso ya pasó a emergencia nacional y la solicitud de su trasplante salía en todos los medios de comunicación.
Pero en una celda fría y húmeda un hombre tenía el poder de cambiarlo todo.
Darío se levantó esa mañana con una actitud diferente, como si supiera lo que tenía que hacer. Se acercó a las rejas de su celda y llamó al guardia.
-Sácame de acá, tengo algo que hacer-. Le dijo.
8. La noticia
Era un viernes soleado, Javier estaba inconsciente, pero parecía escuchar todo. De vez en cuando abría los ojos, o movía las manos. Las drogas que le suministraban para que no sienta dolor lo dejaban muy débil. El tiempo se escurría, como arena entre los dedos, cada minuto contaba.
De repente, entraron los médicos a la sala de terapia intensiva, allí estaba la mujer de Javier, quien los miró con cara de resignación.
Apareció un donante- Dijo el cirujano.
La mujer estalló en llanto, se arrodilló en el piso y alzó las manos al cielo agradeciendo a Dios por tal semejante noticia.
El medico agregó que el donante era un preso, y que le dijo que fue quien dejó en esa situación a Javier.
Javier escuchó y abrió los ojos. Su mujer lo miró con desconcierto.
Javier movió la cabeza como asintiendo y dando el visto bueno.
Su mujer entendió el mensaje y no se iba a oponer.
-No hay problema, haremos el trasplante- Dijo su amada.
9. La operación
Cinco meses después, con el tiempo justo, al fin se llevaría a cabo la tan deseada cirugía. Luego de varios estudios el dador era compatible con el paciente.
Darío, el preso, estaba en el mismo quirófano que su víctima, Javier.
Uno incrédulo, el otro fiel creyente y servidor de Dios. Pero el amor de Dios es tan grande que tocó las fibras más íntimas de Darío, sin duda su decisión fue un milagro.
La operación fue larga y dolorosa.
Pero funcionó.
Javier sobrevivió. Su pecho se llenó de aire nuevo. Ahora en su cuerpo llevaba un pulmón de un redimido.
Gracias a Dios la cirugía fue un éxito. Luego de varios días Javier volvió a respirar por sí solo.
10. El regreso
Darío volvió a prisión. Pero ya no era el mismo.
Allí empezó a estudiar la Biblia. A orar y a contar su historia a otros que, como él, pensaban que Dios se había olvidado.
No tenía una iglesia, pero tenía una celda que se volvió un altar.
No tenía libertad, pero tenía a Dios y con eso ya era libre.
Pasaron 10 años. Su condena se redujo por buena conducta y finalmente, quedó en libertad.
Ese día, Javier lo estaba esperando afuera. No como juez, ni como pastor. Sino como hermano.
Se abrazaron. Nadie habló. No hizo falta.
Fin.
Epílogo
Hoy, Javier dirige un grupo de rehabilitación para exconvictos. Darío lo acompaña, pero no como un caso más. Sino como testimonio viviente de que Dios puede restaurar hasta el alma más rota.
Lucas 15:7- Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente.
Romanos 5:20 – Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.
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