Poseo el arte de extrañar en presencia. En un cambio de roles con Dios adquiero omnipotencia y veo al tiempo a los ojos. No me basta con decirle que ralentice los minutos, que cante en voz baja su tic-tac, que pierda la capacidad de danzar con la luz.
El sábado pasado, al mirarlo, supe cómo íbamos a terminar: iba a ser en una plaza, mate mediante y un mazo de cartas para jugar una última partida en la que increíblemente el azar (por fin) me dejaría ganarle. Me diría las cosas que se dicen, hablaría de que estamos en distintos momentos de nuestra vida, se trabaría con las palabras más simples y murmuraría las afirmaciones más complejas, impidiendo que yo sepa si efectivamente las dijo o mi deseo metamorfoseó sus dichos. Lo más probable es que yo hablaría sobre todas las cosas menos sobre aquellas que quiero decir. Le contaría lo que hice en la semana, mintiéndome a mí misma, pensando que es un día más tomando mate lavado y contando mi repertorio de chistes malos. Definitivamente lo saludaría con un beso después del silencio de treinta y ocho segundos más largo de la trayectoria de mi existencia. Y lloraría, viajaría en el tren llorando porque no lloraría frente a él por miedo a que sus lágrimas me den el mensaje equivocado.
Así lo vi aquel sábado, me lo dijo absolutamente todo cuando hizo una mueca con los labios. A pesar de éso, a pesar de todo, a sabiendas de un final autoconvocado, le di el beso más largo de nuestra relación.
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