El Sol desapareció hace ya dos cuartos de hora, ahogándose con un último destello bajo el mar y dejando lugar al débil contorno de su contraparte. La arena está aún tibia, y yo te espero sentada de cara a las olas, sintiendo el calor tenue como un recordatorio. Observo pacientemente a las gaviotas, y juego trazando perezosos dibujos en la arena con la yema de los dedos. Está áspera, y húmeda, y reorganizada irregularmente en montañas y pozos, vestigios de lo que habrían sido castillos de arena al mediodía. Trazo mis dibujos, y te espero, y te velo, porque no estás muerto, pero no estás en mi vida, y para mí es casi lo mismo. Se siente igual. No compartiremos el mismo sol y no discutiremos por cambiar de estación la radio, no viviremos juntos, no cargarás mi silla, no tendré a tus hijos, no será nada más que lo que no fue. Yo igual, te espero. Como espera la quietud de todo lo que es natural, como esperan los árboles y las estrellas ajenas y las flores. Te esperaré sabiendo bien dentro mío la respuesta. Entierro los pies en la arena, me abrazo las rodillas, siento el murmullo del mar que me trae tu nombre a los labios. Y me preguntó si vendrás.
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maría constanza
me he vuelto este año una fan del kintsugi. dejo acá sin pretensiones una de esas tantas piezas.
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