No hay nadie que le diga
“buenos días”,
pero igual se levanta.
Arrastra los pies descalzos por la cocina
como si el suelo supiera su nombre.
No tiene a quién ofrecerle una taza,
así que solo prepara una.
Una para él.
Y la agarra con ambas manos,
no porque esté muy caliente,
sino porque a veces
no sabe bien dónde ponerlas.
La radio suena bajito.
Ni siquiera la mira.
Solo la prende para que haya algo,
para no ser el único sonido en la habitación.
Porque a veces el silencio pesa
como si fuera otra persona que lo deja solo.
Se apoya contra la mesada,
esperando que el té se entibie un poco,
y ahí se queda.
Mirando al vacío,
aunque parezca que observa algo.
Nadie le pregunta cómo durmió,
ni si soñó con algo bueno.
Pero él igual intenta tener un día decente.
Dobla la servilleta aunque no haga falta,
enciende la luz aunque ya hay sol.
Hay ternura en eso.
En cómo no se rinde
aunque nadie lo mire.
En cómo se da lo que puede:
una taza,
una canción cualquiera,
un poco de calor entre las manos.
Y aunque no tenga a quién contarle nada,
aunque a veces no sepa si eso también es amar
—seguir apareciendo para uno mismo —
él se queda.
Con su té.
Con la radio.
Con el intento.
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