Cada vez que Ana despertaba, lo oía. Un galope seco, enloquecido, que resonaba dentro de su pecho como si en lugar de corazón tuviera una llanura abierta. El potro estaba allí.
No tenía crines de seda ni ojos de ternura. Era humo y músculo, temblor y relincho. Nadie más lo veía, pero cuando Ana intentaba caminar, el potro la empujaba hacia atrás, pisoteando su intención de avanzar.
¡No quiero más este miedo sin nombre!, pensaba.
Pero el potro no entendía palabras. Solo respondía al temblor en su voz, al sudor en su espalda, a la urgencia sin dirección. Y galopaba.
Desbocado, sin control, enloquecido por llegar quien sabe dónde, hasta caer en un pozo tan profundo como oscuro del que intentaba salir, pero parecía imposible.
Ni un mínimo rayo de luz lo alcanzaba. Quería pararse, pero cada vez caía más tierra sobre su lomo. El hueco se desmoronaba sobre él. El peso lo agobiaba. Ya no veía. Le costaba respirar. Buscaba salida y no la había.
Cansado y sin fuerzas estaba a punto de rendirse, cuando por un punto, tan diminuto como el ojo de una aguja, un hilo de luz entró en esa cueva mortal. Y pudo sentir como un aleteo de plumas suaves le traía aire fresco.
Entre el delirio de su casi desvanecimiento le pareció ver un destello brillante y colorido. Hizo lo imposible hasta abrir sus ojos y entonces lo vio. Un pequeño colibrí iba y venía entrando y saliendo por ese mínimo agujero y en cada pasada lo agrandaba más y más. El sol ya le daba calor. Ésa preciosa ave estaba haciendo un esfuerzo enorme y él no podía quedarse sin hacer nada. Así que comenzó a moverse y sacar la tierra de su cuerpo. Apoyó su hocico en el hueco y el aire limpio y puro llenó sus pulmones. Tomó fuerza y sus cascos comenzaron a golpear las paredes de barro y tosca, hasta que, al fin, ese duro muro cayó por completo.
Así fue como el potro vio la luz del día. El cielo le pareció más azul. Y el olor a hierba húmeda le resultó fantástico.
Poco tiempo atrás, se había entregado. Ya no quería luchar. Y un pequeñísimo colibrí lo había salvado.
Ya no galopa enloquecido. Trota tranquilo por la verde llanura y desde hace un tiempo un colibrí lo sobrevuela.
Esa mañana Ana despertó. Todo había sido un sueño. Pero desde ese día curiosamente dejó de correr. El potro en su pecho comenzó a detenerse. Ella aprendió a escuchar su respiración.
Y desde entonces, cuando el galope vuelve, Ana no huye. No sufre. Sabe que el potro puede aparecer. Que lo hará siempre, porque es su naturaleza. Pero también sabe que no tiene que subir a él. Que puede verlo, reconocerlo... y dejarlo ir.
Y lo importante es que ahora sabe, que algo tan pequeñito como un colibrí siempre te hará ver que la vida vale la pena.

Miriam Rodriguez Roa
Crea cuentos que ritualizan vínculos y emociones. Su obra honra linajes y transforma gestos en memoria viva.
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