Fue una tarde de mayo.
De esas en las que el tiempo se ablanda
y parece detenerse.
Estábamos en la cocina,
hablando de la vida
como si no hubiera apuro,
como si nos esperaran miles de tardes más.
Sacaste la tetera y las tacitas,
esas que vivían guardadas
“para una ocasión especial”.
Ese día, sin saberlo, lo fue.
Nos diste ese lujo
como si nos abrieras la puerta
a un ritual secreto.
Con Pri estábamos emocionadas,
como si volviéramos a ser niñas
frente a un tesoro.
Tomamos dos cafés cada una,
en esas tacitas pequeñas
como si quisiéramos alargar el momento,
estirarlo en sorbos suaves
y galletitas de vainilla.
Hoy, cuando las miro,
siento tu amor todavía tibio
en el borde delicado de la porcelana.
Y entiendo que el alma deja huellas
en los objetos que amó
y en los gestos que compartió.
Gracias por esa tarde.
Gracias por enseñarnos, sin palabras,
que lo especial no necesita ceremonia,
sólo amor y presencia.
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