Trabajando en el uso y dicha de las palabras, incluso a ellas —y las letras que las componen — les resulta inapropiado desprenderse de mis labios. Están inhibidas, tanto como la piel exacerbada que te escribe tras estas manos; dedos que nunca sostuvieron en su haber tus vicios. Por ello, no puedo comprenderlos.
Pero entiendo, querido, que tu corazón está muriendo. Y frente a ello, no hay nada que hacer, padre mío. Te encuentras en el filo de la maldición de un poeta, y del presunto narcisismo pedante de quien no tiene ni lo más mínimo.
Quisiera haber conocido tu alma. En alguna casa desierta, donde tu infancia fue desahuciada; o tal vez abandonada en la cumbre de un escampar. Y comprender, en los ojos de un infante intrépido, tus dolores insoldables de adulto. Porque sé que estás tan muerto, que ni una gota de amor se te escapa por contingencia. Solo sangre y vino. Frío y vino.
Hubieras escrito, hubieras llorado, y arrojado a los ríos cercanos a las amapolas todo lo que ahora no encuentra una forma más petulante que la del vicio. Te hubieras cortado la sórdida garganta antes de desprender el veneno que hoy es ardor, y es escritura. Pero todo es sangre y vino.
Su amor mata humanidades, señor. Tanto como su vacío lo mata a usted. Tu hija tal vez heredó la maldición de un poeta, pero también el amor de uno. Por eso elige subyacer escribiéndote y entregarse a tu muerte, en la más súbita literatura.

Milagros Gomez
Escritora Argentina del Terror Poético. Publicada en antologías y revistas internacionales. Directora y curadora editorial de la Revista Vapula.
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