La importancia de saber sostener(nos) en el vacío ( cuando no sabemos que va a pasar)
Vemos al vacio o el estar en incertidumbre como símbolo de derrota, como si nos faltara algo, como una espera eterna que nunca llega; cuando aparece este espacio sin forma con inquietud, el cuerpo se activa, la mente suele querer escaparse, el corazón se apreta, nos agobia el no saber.
El vacío, nos refleja con lo que más nos incomoda:
el silencio externo,
la incertidumbre, en eso que no tenemos el control del todo.
el no saber qué, como, ni cuándo.
El vacío está muy ligado al miedo.
Miedo a perder,
a que las cosas no salgan como queremos.
Desde ese lugar, muchas veces actuamos: empujamos, forzamos situaciones, cuando la realidad de esto no está en nuestro poder, es puramente externo.
Lo que es para nosotrxs siempre lo va a ser, sin la necesidad de forzar, asi mismo lo que no es para nosotrxs.
Pero la idea de controlar además de que nos da seguridad, suele ser el camino más automático que elegimos para no vivenciar y aceptar la incomodidad de que no, no tenemos todo bajo control y que no, no confiamos en el ritmo del cambio.
Elegir y accionar desde el miedo nunca nos va a llevar a algo bueno o en armonía a nuestro eje.
Aún así, es entendible.
No nos enseñaron a habitar el vacío.
Nos enseñaron a llenarlo, a evitarlo, a asociarlo con pérdida o con rendición.
Pero ¿y si rendirnos al vacío no fuera perder?
¿Y si fuera, en realidad, una manera de soltar la resistencia a lo externo?
Porque en la rendición hay algo que se acomoda casi hasta natural diría, hay algo que cambia, se transforma cuando nos dejamos habitar este espacio con el corazón abierto.
Encarnar y sentir el vacío nos mostraría
una aceptación absoluta al "ahora" al soltar nuestras resistencias, a eso que tanto nos daba miedo, rendirnos ante esto nos deja livianxs
Porque se deja de empujar lo ajeno. No es abandonar,
es confiar.
Confiar en que los procesos tienen su flujo natural de tiempo y espacio,
que en la naturalidad no hay apuro,
Porque todo cambio necesita su propia metamorfosis.
Forzar lo externo solo termina lastimándonxs,
como una forma de decirnos a nosotrxs mismxs que no confiamos, ni en como todo se acomoda ni en nosotrxs mismxs en como podemos ser con esto.
El vacío, aunque asuste e incomode no es un punto muerto.
Es un espacio vivo.
Como un umbral.
Ahí, en esa incertidumbre, donde no sabemos que puede pasar,
también podemos re-descubrir (nos) si nos permitimos estar:
podemos ver que somos capaces de sostenernxs aún cuando no sabemos como se van a dar las cosas y aún si estás cosas llegan a salir de otra manera a la que queriamos.
No necesitamos manipular lo de afuera para sentirnos en calma internamente.
Podemos respirar en medio de esta incertidumbre, esta incomodidad.
Habitar el vacío es, en el fondo,
un acto de presencia.
Es estar acá, ahora,
con lo que hay
y con lo que no hay.
Desde ahí, poder elegir y decidir.
Y sobre todo dejarnos confiar
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