dedicarse a algo es quedarse cuando todo invita a irse.
no por costumbre, sino por una convicción profunda,
una sospecha de que ahí, en lo difícil, algo vale la pena.
es persistir en la oscuridad,
aferrarse a algo que se escapa,
trabajar en la penumbra de lo incierto,
sin saber si avanzar es ganar o perder.
dedicarse no es solo estar presente.
es seguir andando con miedo y dudas,
guiado por algo que no se nombra.
pero dedicarse también es habitar una energía movilizadora,
que canaliza el esfuerzo y la pasión,
la alegría de descubrir lo nuevo,
una curiosidad que no cede,
una creatividad que suspende el tiempo.
es aceptar la demora, la incomodidad,
la posibilidad de equivocarse.
y aun así, seguir.
porque la dedicación te atraviesa,
desarma certezas,
abre espacio a lo nuevo,
exige dejar atrás lo que ya no responde,
afina la escucha a lo que nace.
en un mundo que celebra lo fugaz
y exalta lo inmediato,
dedicarse es una forma de fe sin dogma:
creer en algo sin garantías,
sostener lo importante incluso cuando no se ve.
no basta con cumplir una meta.
hay que entregarse a fondo,
como si en esa tarea se jugara una parte real de uno.
lo que justifica la dedicación no es el resultado,
sino haber perseverado.
dedicarse, al fin, no es alcanzar algo,
sino sostener —en esos actos silenciosos y minuciosos—
el proceso que nos transforma.
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