Desde pequeño le dijeron que había un cielo y un infierno.
Se obsesionó con la Divina Comedia,
y comprendió los castigos de dicho infierno.
Sin embargo, creció…
y con el tiempo, ese infierno del que tanto le hablaban
estaba en su cabeza.
Gritos feroces,
lamentos diarios
y risas incomprensibles.
Era desgarrador,
como un campo de guerra después de la batalla.
Veía gente…
y se miraba una y otra vez con una cuerda al cuello.
Muchos le decían que ya no era aquel niño,
que debía dejar de decir tonterías.
Nadie le creía.
Las burlas salían de la boca de familiares y amigos.
Aprendió a sonreír,
y como si de una actuación se tratase,
sonreía y brillaba a donde iba.
Pero por dentro, él sabía que había tempestad.
No quería ser la burla de nadie más,
y decidió cargar con ello…
…como quien camina con una tormenta en el pecho,
pero aún así no deja de mirar al sol,
esperando que un día, el infierno deje de quemar.
Augusto Alvarez
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