A altas horas de la noche,
aún con las cenizas del ayer,
me hundo en la vigilia herida
evitando al dios de los sueños.
Cuando el insomnio devora las horas,
la mujer de la luna
susurra mis sueños a la almohada
y admira mi ruina hecha carne.
A altas horas, mi pecho siente un mundo
de llantos indelebles,
un insomnio
de lágrimas silentes
que nadie busca.
En estas noches de nombres grabados en mis venas,
siento que esa mujer,
frenesí de la luna,
es la guía de mis llantos
y mis gritos ahogados
en la nada.
Ella me recuerda en susurros
que mis palabras son extrañas
y vienen de lejos:
de la luna, quizá,
de esa mujer, que es una madre para mí.
Mamá,
quiero el eco de tu voz en mis ojos
y las llamas extintas
que te llevaron tan lejos.
Mamá,
mis labios cosen vértigo en el oído de la gente.
No saben nombrar mi idioma extinto;
sus bocas tejen mañanas
y mis palabras, hilos de la noche.
A altas horas de la noche,
me tiendo en muros de sombras
murmurándome tormentas
hasta que mis ojos buscan,
en el fondo del delirio,
el ancla de una tormenta sin mar.
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