No recuerdo en qué momento dejé de ser humano.
Tal vez fue la primera vez que te vi.
Porque apenas mis ojos tocaron los tuyos,
algo dentro de mí se abrió como una herida,
y entendí una verdad horrible:
tenías que ser mía.
No me importó quién eras.
No me importó tu vida,
tu familia,
tus sueños,
ni las personas que te amaban.
Yo te quería a ti.
Completa.
Respirando para mí.
Y poco a poco fui destruyendo todo lo demás.
Separé a quienes te protegían.
Llené tu mundo de miedo.
Hice que todos te soltaran la mano
hasta que la única presencia que quedara
fuera la mía.
¿Cruel?
Tal vez.
Pero cuando llorabas,
corrías hacia mí.
Cuando te sentías sola,
me buscabas a mí.
Y no existe sensación más adictiva
que ver cómo alguien empieza a necesitarte
para seguir respirando.
Yo no quería tu amor.
Quería tu dependencia.
Quería entrar tan profundo en tu mente
que olvidarás cómo vivir sin mí.
Pero huiste.
Y juro por Dios…
que algo dentro de mi cabeza murió ese día.
Dos semanas.
Dos semanas sin encontrarte
y terminé convertido en una bestia.
No dormía.
No comía.
Solo pensaba en ti.
Mis hombres evitaban mirarme a los ojos
porque sabían que estaba perdiendo la razón.
Rompía todo lo que tocaba.
Las paredes.
Los vidrios.
Mis propias manos.
Y cada noche,
con los ojos ardiendo,
las ojeras hundidas hasta el alma,
me repetía lo mismo:
“¿Dónde estás…?
¿Con quién estás…?
¿Quién está mirándote en mi lugar?”
Sentía que el pecho me sangraba.
Porque tú no entiendes esto…
yo te necesitaba más de lo que necesitaba vivir.
Y cuando por fin te encontraron…
Dios…
todavía puedo sentir cómo temblabas entre mis brazos.
Te abracé tan fuerte
que pensé que ibas a romperte.
Pero tenía miedo.
Miedo de que desaparecieras otra vez.
Miedo de cerrar los ojos
y despertar sin ti.
Así que tomé una decisión.
La última.
Nunca volverías a escapar.
Jamás.
Construí un lugar donde nadie pudiera tocarte.
Donde nadie pudiera mirarte.
Donde el mundo entero quedara lejos de nosotros.
Solo tú y yo.
Como debía ser desde el principio.
Ahora paso las noches observándote dormir.
A veces acaricio tu cabello lentamente
solo para asegurarme
de que sigues aquí.
De que sigues siendo mía.
Y cuando intentas apartarte,
cuando lloras,
cuando dices que me odias…
solo sonrío.
Porque incluso tu odio me pertenece.
Entonces acerco mis labios a tu oído
y te lo repito una y otra vez,
hasta que mi voz se quiebra
y la locura vuelve a consumir mi cabeza:
—Eres mía…
solo mía…
¿me oyes?
Mía.
No existe lugar en este mundo
al que puedas huir
donde yo no te encuentre.
Porque destruiría ciudades.
Mataría recuerdos.
Le arrancaría el cielo a Dios
si eso significara tenerte conmigo.
Y aunque me convierta en un monstruo,
aunque mis manos terminen cubiertas de sangre,
aunque el mundo entero me llame enfermo…
seguiré abrazándote así,
como un hombre perdido,
repitiendo contra tu piel
igual que una plegaria maldita:
—Solo mía…
solo mía…
solo mía…
para siempre.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

.jpeg-reduced-d1Dc-k)
Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in