—Hola, Soledad. Te esperaba como siempre lo he hecho, aunque constantemente dudo de que te hayas ido. Sigues siendo mi mejor compañía, aunque te odie con cada centímetro de mi ser. Puta, que eso eres, la más puta del barrio; más que tu vecina la Muerte. Ella solo hace sufrir a los hombres un instante, aunque después con el tiempo se extienda y crezca, pero sigue visible a la luz del día. En cambio tú, malnacida, te escondes entre el dolor y la desdicha, entre las inseguridades y el olvido. Nadie te percibe. Eres la sombra que se aferra a las gentes a pesar de que te desprecien. Oh, vagabunda, tratas de encontrar a alguien sustrayéndole de su círculo social, de su familia. Qué tóxica que eres, por eso te odian. ¿Te gustaría un trago? Tengo cerveza, por si quieres bajar lentamente tu mal sabor de boca, ese que te dejan los días de añoranzas. O si gustas un guarito, para que termine de quemarte la garganta, profundamente desgastada por los gritos ensordecedores de tu alma adicta al dolor.
Que eso eres también, una adicta. Persigues el vicio del sufrimiento. Te gusta ver a los hombres tambalearse entre la vida y la muerte por decisión propia. Que tratas de cumplir la labor de la Señora Muerte pero no es de tu incumbencia, por eso solo eres capaz de acelerar un poco más el proceso. Pero el golpe final lo pega ella, no tú, que hasta para eso eres inútil.
Te gusta jugar, eh. Te tengo pillada. A veces nos ilusionas presentándonos gente que se sienta a nuestro lado a escuchar la inexplicable sinfonía de alaridos en cada esquina del mundo, mientras disfrutamos de tranquilidad en medio de la hojarasca. Ay, que desgraciada que eres. Ven, te invito un whisky, que la cara que hiciste cuanto te ofrecí guaro es digna de enmarcar y exponer en una galería de arte de porquería, así, como cualquier exposición de arte moderna. Tal vez llegues a ser famosa, quién sabe. Ponte las pilas. Te invito el whisky porque recordé que eres una puta “pero de las finas”, como dicen esas pendejas pueblerinas jactándose de su mediocridad. Resaltan su indiscutible capacidad de no lograr absolutamente nada en sus malogradas vidas. Te pareces a ellas.
Te invitaría a bailar, pero no sé hacerlo. Con lo tóxica que eres no has permitido que nadie aparezca y me enseñe. Que quiero aprender, eh, deja de joder de una vez por todas.
¿Que si estoy tomado? No lo sé… ¿Cuánto debo de haber tomado para estar tomado? ¿Dónde está la línea que separa al tomado del borracho? ¿Y al embriagado dónde lo dejamos? Es más, ¿en qué consiste estar tomado? No lo entiendo. No he leído nada que Platón haya dicho sobre eso, luego no existe. Así como decía Descartes. Que le propuse a mi profesor de filosofía reemplazar ese “luego” por un “así que”, pero se puso a contrariarme alegando que las frases de los filósofos no pueden cambiarse así como así, que había que analizar todo, etcétera; es que ese profesor no se da cuenta de que soy la cumbre intelectual de este siglo, ¡bah! Es que acaso no se da cuenta de que estoy hablando con La Soledad, ni el loco indigenista de Eduardo Galeano podría haberlo hecho; y sí, La Soledad, así con mayúscula, como La Violencia, ese periodo de la historia colombiana acontecido por allá cuando mis tíos abuelos Laureano y Jorge Eliécer eran políticos, ahora no, ahora son un recuerdo.
No sé, no tengo de qué hablar contigo. Si te gusta mi silencio, bien; si no, cómprate un perro o algo así decía el dicho. No sé, no soy de dichos. Solo me importa lo dicho por mí porque también por tu maldita culpa no puedo escuchar a nadie más. Por eso mismo soy la persona más inteligente del mundo.
Ay, Soledad, qué bella que estás hoy. Quisiera besarte pero no me revelas tu rostro. Déjame iluminar tu rostro con el flash de mi celular. Iba a decir “con los rayos del amanecer cuando me levante y te vea recostada a mi lado, descubriendo que en ese segundo se acumulan todas mis dudas de si la vida tiene sentido, y se desvanecen con tus suspiros” pero es un lugar común. Y yo no soy común, soy alguien extraordinario, por eso mismo fui quien unió a Gustavo Petro y a Álvaro Uribe para hacer las pases después de que Petro ganara. Esa noche hicimos una pijamada y nos vimos El Stand de los Besos en Netflix e hicimos maizpira que venden en el D1. Ves, no sé de qué hablarte, solo pienso en política y en entretenimiento.
Te contaría todas mis vivencias, pero sé que no me prestas atención. ¿De qué vale todo lo que has vivido si no tienes a nadie para contárselo? Aunque yo sí conozco a Nadie, es un buen tipo. Me compadezco de él. De pequeños le hice un chiste mientras jugábamos con Tonto y Ninguno, otros dos grandes amigos míos, y desde ahí empezaron a replicar mis chistes. Todos esos chistesitos que por ahí se escuchan de ellos tres fue gracias a mí, y eso nadie lo sabe. Sí ves, Soledad, por eso es que digo que los jóvenes no saben de historia. ¡Qué van a saber de política para dirigir un país! Me basta saber que desconocen quién soy para afirmar que son inservibles.
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