Me pierdo en las charlas ajenas, en los bancos frente al río sujetando cada uno a sus perros que quieren desaforadamente algo que no está ahí. También entre las lanchas, entre los surcos de agua por paso contrario, en ese alboroto de las olas y la corriente del río de la que ni nos enteramos. Porque bajo el agua algo se encarga de que el agua llegue adormecida a la costa.
Y son todas esas cosas en las que me pierdo un poco mientras llegás tarde. No te culpo, puede pasar. Incluso puede pasar las suficientes veces como para tener que haberle inventado una excusa a cada una de tus momentaneas ausencias, de las que suelo entintar con amnesias que vienen cargando junto a la bolsa de alguna panadería (de Martínez, de Olivos, o de Victoria cuando llegás absurdamente tarde).
Y te juro que podría haberme formado a esta altura algún hobbie raro; y me convenzo mientras tanto que el intercambiar papeles de alfajores o cartas de pokemon de los noventa, no tendría nada que envidiarle a intercambiar bolsas de las panaderías a la que la gente como vos suele acudir como ayuda, como un mínimo detalle o regalo para aminorar la consistencia de siempre llegar demasiado tarde. O siempre llegar, como acota la gente que se parece a vos.
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