Se ama porque tiene miedo de odiarse.
Porque sabe que si se deja caer, no va a haber manos esperándola abajo.
Porque vió lo que el odio puede hacerle a un cuerpo que sigue latiendo.
Pero hay días—pocos, furtivos, inevitables—
en los que el espejo se convierte en un verdugo
y su reflejo le susurra palabras que duelen más que los silencios.
Días en los que se confiesa su propio desprecio,
y cada palabra es un filo que abre la herida.
Entonces, se abraza con desesperación,
como quien intenta salvarse de un naufragio.
Se dice que se ama, aunque a veces su amor
no sea más que un miedo con otro nombre.
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