Recuerdo cuando te trajeron a casa
y cómo me gustaste.
Pero no por amor.
Ahí no había amor.
Había curiosidad,
y algo más torpe:
la necesidad de tapar
una pérdida reciente;
mi lobo
durmiendo en alguna estrella.
Mi viejo te trajo en brazos,
contando una historia
—exagerada o no—
de cómo te perseguían cinco salvajes,
como si ya desde entonces
tu existencia necesitara
ser contada como sobreviviente.
Te dejamos en la terraza un tiempo.
No sé si por cuidado
o por distancia.
Me gustabas porque no escapabas.
Siempre estabas ahí.
Como algo que no se cuestiona
porque no molesta lo suficiente.
Cuando preguntaron cómo llamarte
miré ese vidrio amarillo y transparente
que daba a la parrilla.
Tus ojos.
Pensé primero en otro nombre:
Mermelada.
Más infantil, más torpe,
más parecido a lo que yo era.
Pero algo no cerraba.
Entonces lo dije distinto:
Miel.
Después ibas a ser eso:
lo dulce
contra la amargura de los días.
Pero en ese momento
yo no sabía nada.
Ni de vos,
ni del dolor,
ni de lo que implica
tener algo vivo cerca.
Era chica
y honestamente cruel.
No esa crueldad que elige,
sino la que ignora.
No sabía de gatos,
ni de estrés,
ni de maltrato,
ni de cuidados.
En mi mente de plastilina
eras eso que no huye,
lo débil,
lo disponible,
lo inevitable.
No sé cuándo eso se rompió.
Quizás entre las peleas,
los gritos,
y esa forma de crecer
completamente sola,
como si los demás
fueran siempre otra especie.
Quizás en uno de esos días
en los que no pasaba nada
y, sin embargo,
todo estaba pasando.
Hasta que te vi.
No como se mira algo,
sino como se reconoce algo
que ya estaba ahí.
Te vi.
Y ya no hubo forma
de volver atrás.
Te supe dentro de mí.
Pero yo todavía no estaba en vos.
Vos sostenías miedo,
desconfianza,
una alerta constante.
Y ese espacio,
ese mismo que te alimento y crio,
ni siquiera era seguro.
Entonces supe que éramos iguales.
Dos cosas vivas
que no se iban.
Debiles y acorraladas.
Nunca volví a buscar
un perdón así.
Porque no fue un acto de culpa.
No fue una escena de temor a la perdida.
Fue algo más raro:
una continuidad sin reclamo.
Puro.
Silencioso.
De esas cosas
que pasan una sola vez
y no se repiten.
Y lo más extraño
es que yo, incluso antes del lenguaje,
antes de cualquier teoría,
ya sabía algo esencial:
perdón
es cambio.
Y cambié.
Aprendí a mirarte.
A leer cuándo sí
y cuándo no.
Cuándo era demasiado.
Cuándo bastaba con estar
sin tocar.
Aprendí el valor del silencio
cuando no es ausencia
sino respeto.
Aprendí a no invadir.
A esperar.
A dar apenas un gesto
cuando tus patas
se abrían lo suficiente.
Te estudié
con una atención que no tenía para nadie.
Y te quise
de una forma que no entendía.
Aunque hay días —como hoy—
en los que lamento
no haber estado más,
no haber llegado antes,
no haber entendido mejor.
Sé que la complicidad entre nosotras
no era normal.
Recuerdo cuando volví
después de dos años.
Te costó.
Pero había algo
que todavía me reconocía.
Algo que no se había ido.
Seguíamos teniendo
esa rutina mínima:
la siesta.
Dormiste conmigo
una última vez.
Como si eso alcanzara
para cerrar algo
que ninguna de las dos
sabía nombrar.
Y después
nada.
Y ya nunca más
te volví a ver.
A veces te olvido.
Hay días enteros
en los que no existís.
Pero siempre que vuelvo a mí,
de verdad,
cuando se cae lo cotidiano
y queda lo que soy
sin ruido,
aparezco ahí:
frente a ese vidrio
amarillo y transparente,
mirando,
y vos
reflejada.
Como si nunca te hubieras ido.
Como si la siesta
siguiera pasando
en algún lugar que no se mueve.
Siempre que vuelvo a mí
estás ahí.

Ir
Ni ser ni esencia solo converso con lo invisible sobre la impermanencia de las cosas, a veces, en forma de prosa.
Our picks
Become a supporter of quaderno
Support this independent project and get exclusive benefits.
Start writing today on quaderno
We value quality, authenticity and diversity of voices.

Comments
There are no comments yet, be the first!
You must be logged in to comment
Log in