Nunca tuve una conversación con Carlos Alberto Solari. No hubo un vínculo de ningún tipo entre nosotros. Apenas supe de él; él jamás tuvo noticias mías. Sin embargo, cuando me enteré de su partida, algo se quebró dentro de mí. Me quedó ese sabor amargo de tanto por decirle, de agradecerle por haber estado presente en los momentos que más lo necesité.
Quizás ahí resida una de las mayores rarezas del arte: lograr que dos desconocidos resuenen como si fueran familia. Tal vez porque, cuando una canción nos atraviesa, dejamos de escuchar únicamente al músico y empezamos a reconocernos en él. Es el punto donde coinciden dos sospechas sobre la vida y surge así una nueva forma de comprenderla. Entonces, uno ya no puede separarse del artista por la misma razón que no puede olvidarse de lo que sabe.
Se fue el músico, el poeta. Aquel que con sus versos logró atajar mi cuerpo antes de que saltara hacia la nada. Cosas así nunca pueden pasar desapercibidas. Sé que esto es inevitablemente efímero, pero nuestras creencias sabrán mantenerlo vivo. Las obras que logran llegar a lo más profundo del ser dejan una marca que no puede erosionarse con el tiempo. Por eso su público es y seguirá siendo transgeneracional.

¡Gracias, Indio!
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