(*)
De los jirones de memoria que puedo obtener en la remembranza, solo existe un dolor apacible en mis manos. De la profunda tristeza que mi corazón profiere, busco en mi pasado, una forma de reconocerlo sin perderlo.
De la dispersión que amortaja mi ventana de día, esta línea estática surge del lugar mismo del nacimiento-y-muerte. Porque, a pesar de haberme encontrado dispuesta a seguir avanzando, siempre estuve esperando por el que no vendrá y así, guardaba un silencio que se unificaba con el lugar vacío, incluso de sombras.
Espero por algo, tanto que la rosácea piel sentía quemaduras de sol, de uno que jamás apareció.
Mirar hacia atrás conlleva ese poder misterioso de un distinto <poder>: el poder arrancarme del estrechado corazón y la falta de experiencia que traería la soledad; el poder lograr que cada recuerdo sea cuchillas incrustadas en mi pecho; el poder misterioso de arrancar de mí el plano ilimitado de eternidad que creía mantener junto a mi mano.
Nada escatima que aquel atroz espanto y angustia del sueño perdido, aún persiste.
Cómo entrever el punto de partida, si los desatendidos puntos que se conectan con el sonido del no-sé frente a la vida han estado desde que, con lamentos, salí de mi madre.
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