Pienso en la Navidad como en un reloj que sigue andando aunque perdió la manecilla más importante.
Llega igual, sí, pero llega herida, le falta esa risa que venía desde la cocina
como un perfume que sabía encontrarme aun cuando yo no sabía encontrarme a mí.
La casa, esa casa, ahora se me aparece como un sueño que olvidó despertar.
Camino hacia ella en la memoria y las puertas abren, pero solo hacia atrás;
hay pasillos que se quedan suspendidos, esperando a quienes ya no vuelven,
como si el aire tuviera todavía la esperanza terca de que las sombras regresen a ocupar sus sitios.
Pienso en ellos, y ocurre algo extraño,
no los veo en el pasado, sino en un lugar que no obedece al tiempo,
un sitio que se forma cada vez que pronuncio sus nombres
como si al nombrarlos yo también recuperara un pedazo de lo que fui.
Y entonces entiendo que el duelo no es una pérdida,
sino una mudanza;
ellos se han ido a vivir al hueco exacto que dejaron,
donde el mundo no llega y el dolor no alcanza.
Y yo, que sigo aquí,
caminando con la sensación absurda de que las casas no mueren cuando son demolidas,
sino cuando uno deja de escucharlas respirar.
Quizá por eso todavía siento el pulso de esa casa
debajo de mis pasos,
como si el suelo recordara mejor que yo
el modo en que nos queríamos.
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