sin querer te extraño,
sin querer ese deseo se instala,
como un susurro que se cuela sin permiso,
como algo que se despierta cuando no lo llamo,
una nostalgia que se filtra y me atraviesa.
a todos estos sentimientos de una luna creciente,
a todo esto que empieza hoy, o empezó antes, quizás,
desearía no estar viviéndolo desde la fantasía.
pensar que, en realidad, lo sentí con verdad
en algún repliegue de tu sonrisa,
en el fulgor tímido de esos ojos,
en tus manos enrendándose a mi pelo.
¿es real?
no hace falta que digas nada,
ni que asientas con la cabeza.
lo sé por la manera en que tu mirada se demora, y se sostiene sobre la mía
por cómo te embriaga el instante en que mi perfume llega,
por el temblor contenido de tus labios.
tu cuerpo es un delator silencioso
de lo que decidís callar
hoy el velo se cayó,
y encontré —con una especie de pudor—
estos sentimientos escondidos
desnudos en un rincón,
tratando de huir de mí,
de escaparse por mis manos.
decidí sostenerlos.
porque sé que son míos.
porque no supe olvidar el tacto de tu piel,
ni tu aroma aferrado a mi cuello,
áspero y dulce, como si también quisiera quedarse.
ni el deseo —terco, febril—
de que estés conmigo una noche más.
y en la misma almohada,
que mis cabellos se entrelacen con los tuyos,
uniéndose en el frío de la madrugada,
tus brazos recorriendo el vaivén de mi cintura
impregnando con ternura la ausencia
de una confesión sin nombre.
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