Es como si, por primera vez,
alguien mirara mi fragilidad
sin correr.
Como si no hiciera falta
endurecer la voz,
cerrar los puños,
esconderme detrás de una risa.
Es como si pudiera decir:
me duele acá
—y señalar el pecho—
sin miedo al silencio que sigue.
Te estoy entregando
lo más vivo que tengo:
este corazón
que aprendió a latir entre ruinas
y busca un rincón donde no duela quedarse.
Así, sin envoltorios,
sin vitrinas.
Con sus grietas,
sus habitaciones vacías,
sus domingos largos.
Y lo pongo en tus manos,
como se deja un pájaro herido
en el hueco de otra ternura.
Es que tantas veces
descubro en tus gestos
la forma de un hogar.
No como un sitio, sino
como encontrar la calma
después del caos.
Yo
que nunca supe pedir abrigo
sin esconder la lluvia,
Yo
que nunca supe no huir
cuando me temblaba la voz.
Ahora
me descubro quedándome,
diciéndote todo lo que nunca dije,
Hay algo en tu manera de escuchar
que me desarma,
como si supieras leerme
los silencios.
Y si esto se rompe,
si todo lo que soy
no alcanza,
quiero que sepas
que fuiste el primero
en ver mi temblor
y no soltarme.
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Cielo Hochberg
No sé por qué siempre que escribo termino hablando de ausencias, de muerte y de amor. Será que quizás son las únicas formas de vida que conozco.
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