No escribo para dejar una enseñanza.
No escribo para desahogarme.
Ya casi ni escribo para nadie.
Siempre he dicho que escribir es fácil,
no tan complicado.
En un mundo donde muchos se callan y no dicen nada,
para mí esto es una última bala:
una que busca impactar sin dañar el alma.
En una orilla sinsaliente,
vacía,
sin nada,
solo mi cubeta está llena de sal y agua.
En busca de encontrarme a mí mismo,
lo dejo por cierto sentido.
Muchas veces no sigo,
y lo retomo en tan poco tiempo.
Es el arte del olvido.
La manera de ser sincero,
puro,
demostrativo.
Es tan simple
que solo tengo que involucrar
tiempo,
palabra,
y un latido.
Comencé a escribir por alguien
que decía que si escribías con ganas
podías destruir a cualquier enemigo.
Persona de negocio,
creando un contrato,
hizo que me gustara lo escrito.
Volví a implementarlo hace tres años
porque apareció alguien
que me derrumbó
todo lo que había construido.
Dije que tenía que perfeccionar mi técnica
para hacerle un libro.
Ya lo hice.
Y fue la forma más linda de hacerle un regalo
que solo fuera mío.
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