Todavía tengo el gusto a mandarina en la boca. Ese gusto que se cuela entre lo dulce y lo ácido, justo donde las palabras no alcanzan. Lo curioso es que no recuerdo haber comido una. Tal vez fue antes, en esa sobremesa detenida en el tiempo, cuando las tazas de café hablaban más que nosotros, murmurando anécdotas que se repetían como si quisieran encontrar un nuevo final.
Me acuerdo de tu risa: no la carcajada, no, sino esa risa baja que usabas cuando comprendías algo antes que yo. Ahí fue cuando bajé la guardia. No por debilidad, sino por una suerte de respeto. O quizás fue miedo, sí, miedo a que el espejo entre nosotros no distorsionara nada. Nos reflejábamos demasiado.
El reloj no marcaba la hora, marcaba el momento. El instante exacto en que el sol decidió teñirlo todo de mandarina. Entonces preguntaste, con la mirada, sin palabras, por mi próximo paso. Y me quedé quieto. Porque no lo sé. Porque avanzar sin timonel es navegar al tacto. Pero no retrocederé. Ya no.
Cuando acabamos el café, el atardecer ya se había deslizado por las paredes, por la mesa, por tu voz. Todo era mandarina: el cielo, el silencio, tus ojos. Y supe que algo había empezado.
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