Querido amigo:
Escribo desde la cárcel de mis palabras, sabiendo que tu dolor y el mío son tan parecidos que podrían ser siameses.
¿Cómo estás, varón sensible? Soy yo patriota de esa tristeza tan antigua tuya y mía, esa que nos precede de antaño.
He meditado y te he pensado en la distancia, preguntándome que sería de nosotros si compartiéramos el mismo charco de sangre.
Compatriota, yo siempre lo he comprendido y usted ha descifrado con palabras tiernas a esta mujer de valores en ascuas.
Soy un ave enjaulada y usted un animal en cautiverio, en el zoológico de la vida hemos sido compañeros de celda.
Le deseo la libertad, mi amigo. Desde esta oscuridad habitacional de primavera que nos mantiene lejanos y mudos, espero que encuentre la llave para este misterio que lo hace sentir tan embrujado como yo.
Que ironía que hayamos reído juntos pero para la tristeza seamos dos ermitaños, orgullosos y atontados por la pérdida y el abandono.
A través de esta carta, le digo que si busca compañía, encuentre su reflejo. Allí, en el espejo de la nostalgia, estaré mirando desde otro lado.
Nuestro dolor es el mismo, mas no nuestra historia.
Sea libre,
con cariño
Thaís.
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