En siete segundos conocí a la espera. Me cayó mal de entrada, fue cuestión de piel. Su arrogancia me hizo abalanzarme sobre ella como un animal. Y a pesar de habernos ido a las manos, no se va la hija de puta, sigue ahí, mirándome con aires de quien se sabe superior, lamiéndose la sangre en su labio inferior, orgullosa de contar mañana que se trenzó conmigo. Y los demás la felicitarán por haberme hecho frente. Como si supieran lo que siento. Como si supieran algo del tiempo.
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En seis segundos llamó a la puerta la fricción. Fue un encuentro demasiado incómodo. Me contaron que venía a ayudarme a “practicar”, que tenía que hacer de cuenta que era como aprender un idioma nuevo: “la fonética es lo más difícil, si tenés buena memoria. –me dijo– y a la vez vas entrenando otros rasgos”. Me entregó un manual de instrucciones. En la primer hoja se leía “el cuerpo es una brújula, el truco está en no dejar que haga todo el trabajo, compartir tareas con el cerebro”.
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En cinco segundos apareció la ausencia. No sé quién le abrió, ni siquiera la escuché entrar. Dicen que el vacío propiamente dicho es ausencia. Si algo falta, es porque antes estuvo ahí. Todavía me encuentro en el reflejo que me devuelve en espejo. Aunque ya no pueda hallarme en la mirada de los demás.
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En cuatro segundos me presentaron al misterio. Sentí una atracción sin explicación. Mi cabeza ya debería haber aprendido a convivir con eso. Pero sin embargo me sigue corrompiendo. Pareciera que estoy atada con un hilo rojo a él.
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En tres segundos me llamó lo inalcanzable. Dijo mi nombre y su voz sonó con un eco. Tomó mi mano y la besó, dijo que no lo tome como frustración, sino como inspiración. Quiso amablemente orientarme. Pero sé que si le sigo el hilo, si lo alcanzo a entender, entonces se apagaría, dejaría de existir. ¿Qué hay después de lograr obtenerlo todo?, pregunté. Pero no contestó. Hizo silencio y se alejó.
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En dos segundos me invadió el deseo. Ya extrañaba sus visitas esporádicas. Cuando desaparece, todo pierde sentido. Cuando no se puede saciar, se vuelve ansiedad. Cuando hay un exceso de él, todo es mágico. ¡Cómo cuesta encontrar el balance perfecto!
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En un segundo me sorprendió la muerte. Pero no a mí, sino a través de mí. Traía una bolsita de organza dorada y brillante, que cabía en la palma de su mano. Me regaló el duelo como un souvenir. Tocó mi hombro y me dijo: “No lo tomes como pérdida, sino como parte del conocimiento prohibido: así sabrás donde van los que se van y por qué solo dejan el cuerpo. El alma siempre será algo intangible, sin embargo, deberé hacerme presente en cualquier lugar donde ya no vibre”.
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