«Nada por aquí, nada por allá», susurra cómplice. Sus manos abren y cierran la torre de cinco gavetas.
«Nada por aquí, nada por allá», repite con ternura. Su mirada se cuela por debajo de la cama.
«Será hasta mañana, entonces», afirma seguro. Un beso en la frente, la luz apagada.
La pequeña esfera comienza a girar en un rincón de la habitación. Escupe contra el techo estrellas deformadas.
Los ojos se aprietan, los dedos del pie se contraen. Rodillas flexionadas al pecho. Las manos nerviosas silencian el llanto.
La oscuridad se roba los colores. Despiertan. Se asoman por entre las páginas. Se lanzan desde lo más alto de la biblioteca y rodean mi cama.
No falta nadie, todos están aquí: la reina malvada, el lobo feroz, la bruja perversa. Personajes creados para acompañar mi infancia.
Entrelazan sus garras, espinas sin rosas. Mecen las caderas al compás de una danza silenciosa. Un ratón volador exige mis dientes, devora mi almohada.
Garfio sacude las velas de un navío imaginario, afila su mano contra los colmillos de un ogro petiso. Me señala con su índice de acero y pregunta: «Entonces… ¿será hasta mañana?»
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