No sentirse suficiente no es inseguridad.
Es una fractura en la idea de ser.
“Suficiente” implica medida.
Implica que existe una escala previa
contra la cual el ser es evaluado.
Pero el ser no nace comparativo.
Se vuelve comparativo.
En algún punto, existir dejó de bastar.
Ser no fue suficiente.
Había que equivaler.
La insuficiencia no aparece como carencia,
sino como distancia constante
entre lo que se es
y lo que debería consolidarse.
El problema no es el ideal.
Es que el ideal precede al sujeto.
Antes de ser alguien,
ya existe el molde.
Entonces el yo no se vive como presencia,
sino como intento.
No sentirse suficiente es existir
como borrador permanente.
Nada se termina.
Nada alcanza estatuto definitivo.
Todo es versión preliminar
de algo que nunca llega.
La ontología del insuficiente
no dice “soy poco”.
Dice: “todavía no”.
Y ese “todavía” es infinito.
El sujeto queda suspendido
en una postergación estructural.
Siempre en proceso.
Siempre corrigiéndose.
Siempre ajustando un margen invisible.
La suficiencia se vuelve horizonte regulador:
nunca presente,
siempre exigente.
No sentirse suficiente
no es odio hacia uno mismo.
Es haber internalizado
que el ser debe justificarse.
Como si existir necesitara argumento.
Y ahí ocurre lo más peligroso:
el ser deja de experimentarse como hecho
y empieza a vivirse como deuda.
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