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Sentimientos encontrados

Nov 25, 2025

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Sentimientos encontrados
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Hay un peso que cargo en silencio, un eco amargo que resuena en los rincones más antiguos de mi memoria. Está ligado a ti, a una persona que, por la fuerza del destino o la costumbre, se ha convertido en un pilar contradictorio de mi existencia. Durante años, he alimentado en secreto una sombra dual y venenosa: la envidia y el rencor.

La envidia no nació del odio, sino de una admiración torcida. Veía en ti la facilidad para lo que a mí me costaba sudor y lágrimas. Tus triunfos, grandes o pequeños, no eran motivo de alegría para mí, sino un recordatorio de mis propias carencias. Era como si tu luz, en lugar de iluminarme, proyectara una larga oscuridad sobre mis logros, haciéndolos parecer pequeños e insignificantes. Susurraba en mi oído que nunca sería suficiente, que siempre estaría un paso por detrás. Era un veneno que bebía yo solo, sonriendo por fuera mientras por dentro me consumía la comparación injusta.

Y de la envidia, como de un pantano, brotó el rencor. Es más frío, más calculador. Es el archivero de cada agravio, real o percibido. Guardé con recelo aquellas palabras que me hirieron, aquellas actitudes que interpreté como desdén, aquellos momentos en los que me sentí invisible a tu lado. El rencor es el muro que construí ladrillo a ladrillo, con el cemento del resentimiento, para protegerme. Creí que ese muro me haría más fuerte, pero solo consiguió aislarme en una fría fortaleza de soledad, donde solo habitaba el eco de mis quejas.

He pasado demasiado tiempo permitiendo que estas dos sombras dibujen la silueta de nuestra relación. He dejado que nublaran los recuerdos felices, que envenenaran los momentos presentes y que cerraran la puerta a un futuro de complicidad. Llevar este lastre es agotador. Es un combate diario que no se libra contra ti, sino dentro de mí.

Y es en este cansancio, en este desgaste del alma, donde surge una verdad más poderosa, una que ha estado ahí todo el tiempo, enterrada bajo capas de amargura.

Porque antes que la envidia, existió el cariño. Antes que el rencor, hubo risas compartidas, secretos susurrados a altas horas de la noche, un hombro donde llorar en los momentos de derrota. Eres mi familia, mi sangre, o un amigo tan cercano que se siente como tal. Esa historia compartida no se puede borrar con un sentimiento pasajero, por muy intenso que sea.

Hoy miro más allá de mi orgullo herido y veo no a un rival, sino a una persona con sus propias luchas, sus propios miedos y sus propias inseguridades que yo, cegado por mi dolor, me negaba a ver. Tu luz no existe para opacar la mía, sino simplemente para ser. Y mi camino no es una carrera contra el tuyo, sino un viaje único que debo recorrer a mi propio ritmo.

Por eso, hoy elijo soltar este peso. No deseo más estos sentimientos de envidia y rencor. No porque sean moralmente incorrectos, sino porque me impiden ver lo que realmente importa. Y lo que importa es el amor fraternal que nos une. Ese amor es un lazo que trasciende la rivalidad, los celos y los malentendidos. Es más fuerte que cualquier herida, más resistente que cualquier desilusión.

No significa que borre el pasado mágicamente o que ignore lo que sentí. Significa que elijo darle más poder al vínculo que nos une que a los fantasmas que nos separan. Elijo recordar que, en el fondo, tu felicidad contribuye a la mía, y que tu dolor, si me permito sentirlo, también me duele a mí.

Quiero que sepas, en el silencio solemne de esta decisión, que el amor que te tengo como hermano, como amigo de la vida, es la corriente subterránea que nunca dejó de fluir, incluso cuando en la superficie solo había desierto. Es más fuerte. Siempre lo ha sido. Y es ese amor el que hoy me pide que perdone, que suelte, y que, por fin, te abrace sin reservas en el territorio sagrado de mi corazón.

Porque al final, este viaje no trata de quién es mejor o quién tiene más. Trata de quiénes somos el uno para el otro. Y yo elijo que seamos familia. Elijo que seamos hermanos.

Alejandro Barrios

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