Estoy sentada observando,
y así puedo entender que nada
de lo que hay a mi alrededor
es mío, y eso me da calma.
Saber que prefiero formar
parte de un abrazo colectivo,
de la complicidad que hay en una mirada
que es capaz de apaciguar dolores,
y de aquellas caricias
que silencian lo incierto.
Porque yo no vine a este mundo
a poseer, sino a sentir
porque esa es mi pauta para vivir.
La seguridad la encuentro
en un cielo abierto de posibilidades,
y en una lucha que me enseña
a querer desde el alma,
y queda demostrado en todo aquello
que se consiguio cuando estamos en conjunto.
A pesar de que hoy los monstruos
quieran volver a acechar,
hay algo que sé que tengo y ellos no,
algo que jamás podrán arrebatarme:
y es la posibilidad de ser parte de un pueblo,
unido por nuestros derechos
y por el amor a nuestra patria,
que se entrelaza en la búsqueda
de asegurar un futuro más justo.
El sentido de pertenencia y la memoria
hoy nos movilizan
y nos arropan
entre tanto dolor e indiferencia.
Estoy en calma porque se que la esperanza
no se apaga
y aunque quisieran no podrán ser
nunca contra el fuego
de nuestro sentir.
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