Hay algo de intimidad en donde nuestros cuerpos reposan en un mismo sitio, en donde habría una multitud considerada. Y no es en aquella mirada que me expresa deseo de comunicarnos, en carne desnuda, lo que en nuestra mente se aguarda, sino en la manera de sobresalir entre los silencios, que es ahí en donde coexistir contigo, sin la evidencia de las palabras, es lo que con ningún otro ser humano se repite. Tengo sed en el primer instante en que interrumpes mi mente. Y no busco saciarme, sino prolongar esta sed eterna sobre desear perpetuamente de alguien que ya se tiene. Ella —tú, lo que significas— aparece como un refugio que promete protegerme, pero no sólo se dispone a guardarme entre sus ropas; me desarma, me consuela, me calienta y despierta la impulsividad con la que el control de sí mismo es perdido. No soy quien soy ahora —perteneciente a mí—, sino un montón de configuraciones bajo su dominio, lo que me parece una exquisitez. Y puede que ese sea el misterio más hondo de nuestra intimidad, lo que ha de haber transformado en mí en el momento en que dos almas como las nuestras convergieron, lo que es irrepetible. Sin roces, ni confesiones. Allí en donde habitamos y entonces existe esta pausa en el mundo, en donde existimos sólo dos. En ese instante de claridad, en donde el alma reconoce, una vez más, este capricho que engendró el destino, cuando lo hubo de convertir en una promesa que no conoce un fin.
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