Hauptgericht (Plato Principal)
El sudor comenzaba a correr sobre su tersa frente.
Dedrick se seca con la manga derecha que empuñaba la esponja de acero, como quien empuña un cuchillo, como sólo él sabía.
Exhala su último suspiro el pote anaranjado que exprimía, con la esperanza de que diera una pequeña dosis más de desinfectante en crema.
Dedrick se hinca sobre sus rodillas y con enérgica saña refriega las esquinas de los pálidos zócalos quitando cada pequeña mancha, cada rastro de la existencia de una jornada que se sentía eterna. No solo limpiaba el piso; intentaba borrar los gritos, los insultos cínicos y la humillación que se filtraba en las baldosas.
Se incorpora, mantiene los brazos en jarra y observa de un lado a otro la gran cocina circular del restaurant. Bajo la luz blanca, el acero inoxidable relucía con una frialdad quirúrgica que lo cegaba luego de tan meticulosa limpieza.
Mira el reloj a su izquierda... la hora de cierre, 23:45.
Una sonrisa torcida, casi un espasmo, se dibujó en su rostro mientras ajustaba el nudo de la bolsa de residuos que ocultaba los protectores plásticos mientras murmuraba:
—Ja... quién lo diría —Su voz retumbó en todo el recinto a pesar de lo bajo de su tono—. Lástima que no puedas verlo, Adeline. Estarías orgullosa de mí por primera vez… perra.
Se dirige hacia un pequeño bulto en el rincón más obscuro: una gran bolsa de lino. De ella emanaba una dicotomía nauseabunda. Por un lado, un aroma dulce y empalagoso de las orquídeas, que le recordaban a ese perfume caro que Adeline usaba para enmascarar su falta de humanidad. Por otro, el olor metálico y rancio que a Dedrick le devolvía de golpe a la helada cámara frigorífica; aquel encierro donde ella lo había castigado, haciéndolo sentir como un animal más esperando el mazo, rodeado de perniles colgados. Los mismos que utilizaban para el plato estrella: el Schweinshaxe.
Se inclinó de cuclillas, acercó su nariz hasta que estuvo a la mitad de la bolsa. Cruzó el brazo derecho para acariciar, por encima de la filipina, las cicatrices que surcaban su espalda como estigmas de su "aprendizaje".
—Mañana —susurró hacia la bolsa—, limpiarán los cubiertos con sus labios, felicitarán a cada chef involucrado en sazonar los platillos. Al fin, las marcas de mi cuerpo sanarán y tu recuerdo de mi mente será desechado como tu carne de la mierda de cada comensal.
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Chiara Antichi
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